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Dichosos los que van por caminos perfectos,
los que andan conforme a la ley del Señor.
Dichosos los que guardan sus estatutos
y de todo corazón lo buscan.
Salmos 119:1-2
He aquí más información acerca de las claves de la dicha. No es una coincidencia que el capítulo más largo de toda la Biblia comience explicando quienes son las personas dichosas. Sí, el mismo capítulo que exalta de mil maneras la palabra de Dios se inicia con dos bienaventuranzas. (En algunas versiones de la Biblia la palabra original en griego de dichoso ”makarios” se traduce como bienaventurado)
La primera se refiere a quienes transitan caminos perfectos conforme a la ley de Dios. La segunda bienaventuranza nos habla de quienes buscan de todo corazón a Dios y guardan sus estatutos. Todas estas cosas forman parte y son parte de la clave de ser un persona dichosa.
Andar por el camino perfecto es seguir los pasos de Jesucristo. Es vivir la vida de acuerdo a sus enseñanzas y siempre buscar su aprobación en todo lo que decimos y hacemos. Para esto se requiere someternos a la dirección de Dios. Buscar a Dios de todo corazón nos habla de sinceridad y honestidad en nuestras vidas delante de Dios y los hombres. Para esto se requiere un corazón limpio, regenerado por el perdón obtenido mediante la obra de Cristo en la cruz del Calvario.
En otras palabras, para ser dichoso se requiere haber recibido a Jesucristo como Salvador y Señor de nuestra vida. Para mayor información ver aquí: http://palabradevida.wordpress.com/oracion-de-fe/
Nueva Versión Internacional (NVI)
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Dichoso el que teme al Señor,
el que halla gran deleite en sus mandamientos.
Sus hijos dominarán el país;
la descendencia de los justos será bendecida.
Salmos 112:1b-2
Otro buen ejemplo de la dicha del cristiano nos indica que ésta está basada en el disfrute de los mandamientos de Dios. Nótese el uso de la palabra disfrute en vez de obediencia.
La gran mayoría de la gente piensa que los mandamientos de Dios son una carga y una imposición. En otras palabras, que son un problema y una molestia.
Los hijos de Dios pueden entender las bondades y beneficios de las ordenanzas de Dios. En realidad, cuando se tiene el amor de Dios en nuestros corazones, los mandamientos se entienden y se disfrutan a la luz de ese gran amor. En parte esto es alimentado por la satisfacción del deber cumplido y en parte por el conocimiento de que estamos llevando a cabo la voluntad de Dios en nuestras vidas.
Las cargas que Dios nos impone nunca son pesadas y por lo tanto podremos deleitarnos en sus preceptos.


